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La noche que mataron a Silverio, el
huracán atacaba la isla sin piedad.
Hacía 20 días que llovía copiosamente; el terreno estaba
saturado, los deslizamientos eran la orden del día.
Resultaba imposible socorrer las víctimas y era aún peor
sacar del lodo cenagoso a los sepultados vivos.
No había quebrada, río, laguna o charco que no estuviera
desbordado. La lluvia
pesaba toneladas, olía amarga, aruñaba, mordía y cegaba.
Todos en el pueblo la odiaban, la maldecían.
El lugar se llenó de un lodo azuloso y una lama rojiza se
adhería a las paredes haciendo que dentro de las casas la humedad
se convirtiera en pequeños ríos.
Tal vez, el culpable de toda esta
tragedia fue el ruido. Llevábamos
tantos días escuchando, primero la lluvia fina, suave, dulzona,
usted sabe, la que nos agrada a la hora de dormir, la que alivia el
calor tropical. Luego,
se tornó más fuerte, usted entiende, ¿verdad?
Ésta es ideal para comer sopas, beber chocolate, café o té
calientes. Pero
lentamente su ruido fue creciendo hasta convertirse en monótono,
latoso. Por su culpa
nos fuimos convirtiendo en montubios, zafios, forajidos hasta ser
uxoricidas.
Sabe, fue el ruido el que nos fue
enloqueciendo a todos. No
podíamos controlar esa sensación.
Se convierte en una pasión abrasadora, me entiende, ¿verdad? La mezcla de lluvia, ruido y odio va creciendo
vertiginosamente, es fascinante sentir esas náuseas, ese brinco en
el estómago que no te deja dormir.
Sólo deseas que surjan más desastres y ver a otros sufrir.
Y Silverio fue convirtiéndose en el centro de ese
sentimiento.
¿Por
qué él no podía sentir lo mismo que nosotros experimentábamos?
El pueblo en un mismo pensar lo comenzó a observar, a odiar.
Emanaba paz de él, tan tranquilo ante el ruido de la lluvia.
Parecía no importarle como ésta laceraba nuestros oídos.
Íbamos a que nos recetara algo, lo que fuera, pero él sólo
nos pedía que nos tranquilizáramos.
Entonces comenzó el insomnio a darnos ideas.
Pasábamos horas pensando en Silverio y en el ruido de la
lluvia.
Cuando anunciaron el huracán todos
fuimos felices nuevamente. Habíamos
olvidado lo que era la felicidad.
Mas todos, es decir, ellos unieron a su felicidad la
desaparición de Silverio. Sabe,
era ideal. Nadie llegaría al pueblo en meses. Los caminos no se lo permitirían. Saldríamos de Silverio, como si éste nunca hubiera existido.
El método no nos importaba, es decir, no les importaba.
Lo
último que recuerdo es que el ruido de la maldita lluvia comenzó a
devastar mis oídos de tal manera que un silencio hiriente me hizo
perder la razón.
Y ahora usted me pregunta, ¿quién mató a Silverio?
No lo sé.
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