Miami
Estados Unidos
Año I Nº 5/6

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Publicada por Poemas.Net

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Silencio

por

Miriam M. González-Hernández

     
      La noche que mataron a Silverio, el huracán atacaba la isla sin piedad.  Hacía 20 días que llovía copiosamente; el terreno estaba saturado, los deslizamientos eran la orden del día.  Resultaba imposible socorrer las víctimas y era aún peor sacar del lodo cenagoso a los sepultados vivos.   No había quebrada, río, laguna o charco que no estuviera desbordado.  La lluvia pesaba toneladas, olía amarga, aruñaba, mordía y cegaba.  Todos en el pueblo la odiaban, la maldecían.  El lugar se llenó de un lodo azuloso y una lama rojiza se adhería a las paredes haciendo que dentro de las casas la humedad se convirtiera en pequeños ríos. 
      Tal vez, el culpable de toda esta tragedia fue el ruido.  Llevábamos tantos días escuchando, primero la lluvia fina, suave, dulzona, usted sabe, la que nos agrada a la hora de dormir, la que alivia el calor tropical.  Luego, se tornó más fuerte, usted entiende, ¿verdad?  Ésta es ideal para comer sopas, beber chocolate, café o té calientes.  Pero lentamente su ruido fue creciendo hasta convertirse en monótono, latoso.  Por su culpa nos fuimos convirtiendo en montubios, zafios, forajidos hasta ser uxoricidas. 
     Sabe, fue el ruido el que nos fue enloqueciendo a todos.  No podíamos controlar esa sensación.  Se convierte en una pasión abrasadora, me entiende, ¿verdad?  La mezcla de lluvia, ruido y odio va creciendo vertiginosamente, es fascinante sentir esas náuseas, ese brinco en el estómago que no te deja dormir.  Sólo deseas que surjan más desastres y ver a otros sufrir.  Y Silverio fue convirtiéndose en el centro de ese sentimiento.
    
¿Por qué él no podía sentir lo mismo que nosotros experimentábamos?  El pueblo en un mismo pensar lo comenzó a observar, a odiar.  Emanaba paz de él, tan tranquilo ante el ruido de la lluvia.  Parecía no importarle como ésta laceraba nuestros oídos.  Íbamos a que nos recetara algo, lo que fuera, pero él sólo nos pedía que nos tranquilizáramos.  Entonces comenzó el insomnio a darnos ideas.  Pasábamos horas pensando en Silverio y en el ruido de la lluvia.  
    
Cuando anunciaron el huracán todos fuimos felices nuevamente.  Habíamos olvidado lo que era la felicidad.  Mas todos, es decir, ellos unieron a su felicidad la desaparición de Silverio.  Sabe, era ideal.  Nadie llegaría al pueblo en meses.  Los caminos no se lo permitirían.  Saldríamos de Silverio, como si éste nunca hubiera existido.  El método no nos importaba, es decir, no les importaba. 
     Lo último que recuerdo es que el ruido de la maldita lluvia comenzó a devastar mis oídos de tal manera que un silencio hiriente me hizo perder la razón.  Y ahora usted me pregunta, ¿quién mató a Silverio?   No lo sé.

Miriam M. González-Hernández nació en San Juan, Puerto Rico. Es poeta, narradora, ensayista y profesora de Literatura Española en la Universidad de Puerto Rico (Recinto de Mayagüez).También se dedica a ofrecer talleres y conferencias en las áreas de redacción, cuentística y novela hispanoamericana en Puerto Rico, Estados Unidos, España, Argentina, Colombia, México, Canadá y la República Dominicana, entre otros. Sus cuentos y trabajos de crítica literaria han sido publicados en diversas revistas y periódicos. Es editora de la Antología: Cuentos de fin de Siglo (1998) y autora del libro de cuentos Calez y Otros Espejismos (2000).