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Lo primero que sintió el General al
despertarse a las cinco y cinco de la mañana fue el olor a muerte.
Entonces, recordó que era lunes, día de paredón, y que tanto reos
como verdugos lo estarían esperando. Una gran opresión se apoderó
de su alma y la fatiga de cuarenta años en el poder de todo su ser.
Se sintió más solo que nunca, una inmensa isla rodeada de
aduladores y traidores. No era un lunes cualquiera y tampoco era un
reo cualquiera el que le esperaba en el patio de ejecuciones: era su
amigo de toda la vida, Zacarías.
-P’al carajo con todos. -Pensó- El General Miranda no tiene
tiempo para sentimentalismos.
Iba a prender la luz cuando se acordó que la pequeña Aixa dormía
a su lado. Ella era su amante de turno, apenas una adolescente. En
la tenue luz de la alborada él se detuvo a mirarla y casi que sintió
ternura por ella, tan joven, tan sumisa, y tan contenta de estar en
la cama del General que sin pensarlo haría lo que quisiera el
General, menos contrariarlo. Se le antojó que ella era como su
pueblo, y le dio rabia.
-Levántate -dijo prendiendo la luz bruscamente- levántate por mil
demonios.
La chica al sentir la luz apenas si entreabrió los ojos y le sonrió
angelical, lo cual enfureció aun más al General, que la lanzó de
la cama de un empellón.
-Mierda, cuando yo digo que te levantes, te levantas, carajo.
-Sí General, perdone usted, ya me voy.- La chica se envolvió lo
mejor que pudo en una sábana y salió presurosa del cuarto.
El General se tiró de la cama por el lado derecho, como siempre lo
hacía para tener buena suerte, y entró en el baño. Al encender la
luz se topó de buenas a primeras con su propia imagen reflejada en
el espejo del lavabo. Vetusto y cansado se vio a sí mismo, nada ya
de aquel joven idealista que se enfrentó al tirano Macías y lo
derrotó con sólo un puñado de hombres, tan jóvenes e idealistas
como él. Una
sonrisa de triunfo se esbozo en el cuarteado rostro del general al
recordar, una sonrisa que se transformó en una mueca de desilusión.
De los jóvenes que lo acompañaron, pocos quedaban ya, algunos se
perdieron en las batallas que abrieron el camino a la capital, pero
los demás fueron cayendo en las luchas internas. Varios habían
traicionado al General, y el General Miranda nunca perdonaba a los
que lo traicionaban. Zacarías había sido diferente, un hombre
recio y ambicioso, pero leal, por eso era el único al que el
General le permitía una contradicción. Zacarías había sido
muchas veces la voz de su conciencia. Tres suaves golpes en la
puerta del baño lo sacaron de sus pensamientos.
-¿Sí?
-Buenos días, General.
-Carajo, Ignacio, ni en el baño me dejas tranquilo. ¿Qué quieres?
-Ya le tengo listo su cafecito, General.
-Ya voy, mierda.
El General se enjuagó la cara con gran fortaleza, como si quisiera
de esa forma borrar cada uno de los recuerdos que lo atormentaban
esa mañana. Luego de inspeccionar bien su baño y dejar correr el
agua por unos segundos, se metió en la ducha. Al salir, un
hombrecillo con cara de abuelo venerable y uniformado de verde olivo
lo estaba esperando con la levantadora en la mano y una sonrisa en
el rostro. El General se dejó envolver en la levantadora. Después,
caminó hasta una pequeña mesa de caoba que estaba en un extremo de
la habitación, justo enfrente de la ventana por la cual ya se
empezaban a colar algunos rayos de luz de la todavía débil
alborada. Se sentó en una silla de madera, mientras Ignacio hacía
entrar un carrito de servicio con una tetera humeante y una bandeja
con dos tazas: una plástica, común y corriente, y la otra de fina
porcelana grabada con el escudo del país y las iniciales MM encima
de este. Ignacio con mano temblorosa empezó a verter el humeante
café de la tetera a la taza plástica primero, y luego le revolvió
una cucharadita de azúcar. El General, como durante los últimos
cuarenta años, asistió al espectáculo siguiendo vigilante cada uno
de los pasos de este ritual diario. Ignacio, entonces, tomó la taza
plástica con su mano derecha para llevársela a los labios, pero el
temblor de su mano hacía de esta tarea, otrora sencilla, toda una
proeza para el viejo sirviente. Luego de tratar infructuosamente de
llevarse la taza a los labios, Ignacio al fin pudo probar el café,
que estaba bien caliente, entonces lo sopló un poco y luego bebió
varios sorbitos del aromático líquido con apabullante lentitud.
-Sabes Ignacio, voy a tener que retirarte. Ya no sé si es de miedo
o de viejo que tiemblas.
-Ja, ja, como usted diga, General. ¿Le sirvo el cafecito, entonces?.
-No, mejor prepárame el uniforme de los lunes.
-Ah, este General, siempre tan desconfiado.
Ignacio, moviéndose con dificultad, entonces se mueve hacia el
closet, donde están colgados todos los uniformes del General,
perfectamente alineados como buenos soldados. En el extremo
izquierdo los de gala, brillantes y cargados de condecoraciones. Al
lado derecho todos los de faena, desde el camuflado hasta los de
diario, uno para cada día de la semana. El viejo Ignacio seleccionó
entonces el correspondiente al lunes, un uniforme sencillo de kaki
verde olivo, camisa de manga corta y pantalón holgado, ambos cómodos
y frescos para soportar el calor de la gran actividad de comienzo de
semana. Acomodó ambas piezas encima de la cama del General y luego
fue a buscar una camiseta blanca y sus correspondientes calzoncillos
blancos de manga larga en las gavetas de una gran cómoda junto a la
puerta del baño. El General esperaba en su rincón con disimulada
impaciencia; pudo haber leído el periódico, pero sabía que no diría
nada nuevo.
El General estaba terminando de vestirse cuando tocaron a la puerta
del cuarto. El General con gesto de fastidio le señaló a Ignacio
que abriera. El que entró era un joven capitán que inmediatamente
se cuadró en posición de saludo.
-El reo está listo mi general, ¿qué hacemos con él?
-Carajo, ¿se lo tengo que decir, Capitán?, ¿nadie tiene iniciativa en
este puto país?. Pues llévelo al patio interior y espéreme ahí.
-¿Al patio interior?
-Sí, ¿no me ha oído usted?, el patio interior.
-Bueno, le oí, mi General, pero ese no es el sitio usual para los
reos.
-Capitán, mejor no piense mucho, que en este país eso puede ser
peligroso. Ahora vaya y lleve al reo al patio interior.
-Así se hará, mi general. -Y saludando con la mano en la frente se
marchó-.
-¿Ya viste, Ignacio?, ¿Qué carajo van a hacer el día que yo me
muera?, joderse supongo.
-Ojala Dios nos lo conserve por muchos años más, General.
-¿Qué dijiste?, ¿Que Dios qué…?
-Perdón mi General, se me olvida que no debo nombrar a Dios.
-Tranquilo, mi perro fiel. A ti es al único al que yo le permito
creer en Dios en este país, porque sé que tú nunca me traicionarás,
¿verdad, Ignacio?
-Así es, mi General, yo por usted doy la vida.
-Eso espero, Ignacio, eso espero, o si no, mira a Zacarías.
El viejo asintió algo triste y salió del cuarto llevándose el
carrito de servicio.
El General se dirigió hacia el lado derecho de su cama y se sentó
pesadamente encima, luego abrió la gaveta de su mesita de noche y
extrajo un pequeño cofre de metal. Con él en la mano se levantó y
se dirigió hacia una puerta lateral que comunicaba con su oficina
privada, el lugar donde por más de cuarenta años se había
decidido el destino de su nación. Era esta una oficina amplia, en
el tercer piso, que era el piso del General. Justo enfrente de un
gran ventanal, presidiéndolo todo con la imponencia de un trono, un
pesado escritorio de madera desde el cual el General podía
contemplar la vastedad de sus dominios. La ventana era de vidrio de
seguridad de gran grosor y no podía abrirse.
A los lados y a su espalda había varios anaqueles colmados
de libros de historia, filosofía y política. Tan pronto se sentó
en su silla forrada en auténtico cuero, pudo ver como la ciudad
empezaba poco a poco su actividad.
Se imaginó los titulares de los diarios oficiales, “Fusilado”,
y por primera vez en su vida sintió una gran opresión al pensarlo.
Entonces, volteó a mirar la mesita ubicada al lado derecho de la
ventana, todavía con un tablero de ajedrez
y las fichas dispuestas para la partida que ya nunca más se
daría. Por un momento vio a su amigo de toda la vida sentado con
la espalda hacia la ventana y con la diabólica sonrisa de triunfo
en el rostro, la misma sonrisa que aparecía cada vez que lograba
engañar al General con sus astutas jugadas.
-Zacarías, -le había dicho el General- no intentes tus trucos y
marrullerías en la vida real, mira que te puede costar caro.- Zacarías
sólo se carcajeaba.
El General se levantó de su silla y se dirigió hacia la mesa del
ajedrez y de un solo manotazo mandó a volar las fichas y el tablero.
-Maldita sea, Zacarías. ¿Por qué me has traicionado? Ahora te
tengo que matar.
Triste se apoyó sobre la mesa y recordó la última conversación
que sostuvieron en este mismo lugar.
-Miranda, -había dicho Zacarías- creo que se nos viene la hora de
dejar el poder, la gente está muy nerviosa y las cosas no nos han
ido bien últimamente, la presión internacional y el descontento de
la gente va en progreso. Deberías pensar en ir dejando el poder
gradualmente.
-¿Y para dejárselo a quién, según tú?.
-Bueno, podrías buscar a alguien de confianza.
-Zacarías, tú bien sabes que no hay nadie que se merezca ese honor.
Tú me has ayudado a cortarle las alas a los posibles candidatos.
-Es cierto, pero alguien debe quedar.
-Zacarías, no seas ingenuo, eso sería como darle todo esto, por lo
que tanto hemos luchado, a cualquier inepto que terminaría entregándoselo
a nuestros enemigos.
-Mira, Manuel, o buscamos a alguien o nos cortan la cabeza.
-Olvídalo.
-Entonces, jaque mate.
-¡Cómo!, ¿Otra vez?.
Con la malicia y la intuición que siempre le habían servido para
cuidarse las espaldas, el General lo había mandado seguir. Zacarías
había aprovechado un viaje a un país cercano, para sentarse a
pactar con los exiliados. Pero el largo brazo de la justicia del
General lo había seguido y las pruebas en su contra eran
irrefutables. Al regresar lo esperaba la guardia personal del
General. Desde entonces, y de eso hacía una semana, el poderoso
Canciller Zacarías Mantilla estaba preso y con orden de
fusilamiento por traición a la patria.
El General se incorporó rápidamente y se dirigió de nuevo a su
escritorio. Una vez sentado allí, abrió el pequeño cofre y
extrajo de él una pistola plateada y brillante. El General la miró
con detenimiento, casi con ternura, luego la pesó en su mano
derecha como midiendo su poderío. Entonces, extrajo el cargador del
cofre, revisó que estuviera bien cargado y lo introdujo en la
pistola, corriendo el seguro. Era la pistola de toda la vida, la
misma que lo había salvado tantas veces de todo mal y peligro. Una
vez que la hubo enfundado en su cartuchera, el general se dirigió
hasta un perchero junto a la puerta principal y descolgó su gorra
de campaña y se la
encasquetó en la cabeza. Al salir, le echó un vistazo a su oficina
y a la ciudad allá abajo, y le pareció que ya nada tenía sentido.
Para llegar al patio interior el General tenía que recorrer varios
pasillos; al principio se distrajo saludando a los centinelas
apostados en cada esquina de aquel enorme edificio que era como su
fortaleza. Sin embargo, al doblar el último pasillo antes de llegar
al patio interior, el peso de su tristeza se fue haciendo cada vez más
grande y él, que nunca fue hombre de arrepentimientos, estaba
temblando ante la perspectiva de fusilar a su mejor amigo. Pero,
como Manuel Miranda nunca fue un cobarde, se detuvo un instante ante
la puerta que daba al patio interior y se aprestó a coger el toro
por los cuernos. Primero respiró profundo, abrió la puerta y salió
para encarar al reo. Lo primero que vio fue a los guardias que lo
custodiaban. Luego, pudo ver claramente a la figura conocida, pero
esta vez esposado, macilento y desgreñado. Entonces, Zacarías
levantó sus penetrantes ojos y le sostuvo la mirada desafiante. Sólo
ese gesto le decía al General que no había arrepentimiento y que
tampoco pedía clemencia. Y antes que el General pudiera decir
palabra, Zacarías habló primero.
-Miranda, aunque me mates no vas a poder detener la historia.
-Zacarías, esta partida la gano yo.
-No te servirá de nada.
-No estés tan seguro.
-Anda entonces, termina con esto de una vez.
-No, -dijo el General con la diabólica sonrisa del triunfo en el rostro- tú
lo vas a hacer. Guardia, suelte al reo.
-¿Qué vas a hacer, Miranda?.
-Ya te dije que yo nada, tú lo vas a hacer. Guardia, deme su revólver.
El asombrado guardia le extiende su arma al General. Este entonces
desasegura el cargador y deja caer la mayor parte de las balas. Sólo
le deja una en el tambor, lo vuelve a cerrar y le quita el seguro.
-¿Qué quieres, Miranda?
Ante el asombro de los guardias y del propio Zacarías, el General le
extiende el arma a este último.
-Anda, te estoy dando la oportunidad de disparar primero.
-Estás loco.
-Demuéstrame que además de traidor no eres también un cobarde.
Ante la duda de Zacarías, el General le toma el brazo con furia y
le pone el arma en la mano. Zacarías baja la cabeza y deja caer la
mano con el revólver empuñado en gesto de impotencia. Los guardias
no saben qué hacer. El General mira desilusionado a su otrora
poderoso amigo. Le da la espalda a este y da cuatro pasos hacia
adelante.
-Maldita sea, en este puto país yo tengo que hacer todo.
Entonces, saca de su funda la reluciente pistola y se da vuelta en
sus talones para mirar de frente a un abatido Zacarías.
-¡Zacarías! –gritó desde el otro extremo- Le llegó la hora.
Con gesto resuelto levantó la pistola y apretó el gatillo.
Cuentan los que lo vieron caer que, a pesar del hueco en la sien derecha,
el General tenía la sonrisa diabólica del triunfo en su rostro.
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