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-¡Rolando,
te acaba de llamar Juan Luis y dice que tiene una noticia no muy
grata que darte!
No sé, pero un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando
contesté esa llamada.
-¡Cálmate, mi amor! Seguramente no es tan grave. Déjame llamarlo y así nos enteramos de una buena vez.
-¡Hello, habla el doctor Gómez, comuníqueme con el señor Juan
Luis, por favor!
-¿Rolando, eres tú? Oye,
tengo que darte una mala noticia.
Me llamó Orlando y me dijo que nuestro amigo Benito
acaba de fallecer.
-¡Pero, cómo puede ser! Yo
estuve hablando anoche con él y no me dijo que se sintiera mal.
¿Qué fue lo que le pasó?
-Dice Orlando que fue un infarto fulminante. Quién lo iba a sospechar, un hombre prácticamente joven y
morirse así. Mi abuela
lo dice, que uno anda caminando y hediendo a muerto. Me dijeron que
ya lo tienen en la funeraria Rivera en Saint Nicholas.Yo salgo para
allá como en media hora. Si quieres, te paso a recoger.
Estas cosas a mí me afectan demasiado.
No le temo a la muerte, pero me molesta que la gente se muera
a destiempo. Tenemos
que avisarle a Osiri, a Mon, a Danilso y al compadre José, tú
sabes que ellos lo querían como a un hermano.
-Yo tampoco puedo recobrarme del asombro.
Me siento muy acongojado.
Esta noticia nos ha tomado desprevenidos.
Te estaré esperando abajo en media hora. Así fue.
Le llegó la hora de partir a don Benito López.
Una muerte repentina que no les permitió a los
extraterrestres a que vinieran por él como esperaba. Se
había mudado recientemente con una mujer a la que conocía desde
hacía años y a la que le estuvo sacando el cuerpo para no unirse a
ella. Es que el señor Benito era un hombre muy hermético,
callado, reservado en lo que hacía y creía.
Leía mucho las profecías del astrólogo francés Nostre-Dame
y estaba muy interesado en el tema del karma y de los ovnis. Compartía sus lecturas con sus amigos y estaba
plenamente convencido de que los extraterrestres iban a venir por él.
Había sido miembro de la fraternidad Rosacruz.
El señor Benito era un hombre de mediana estatura.
No era ni gordo ni delgado.
Era algo así como amasadito.
Tenía la piel obscura y le tenía miedo a la vejez.
Se ponía cremas para evitar las arrugas todas las noches y
se daba golpecitos en la cara para que la crema penetrara.
Además, se preocupaba de ocultar las canas que ya le
asomaban por el pecho como un monte salvaje de algodón.
Vestía impecablemente y tenía unos ojos redondos que
iluminaban el entorno. Tenía
muchos sueños don Benito. Por
ejemplo, soñaba con regresar a su país, la República Dominicana, y
ocupar una posición encumbrada en el PRD.
Soñaba nuestro amigo con sacarse la LOTTO o con ganarse una
buena cantidad en Atlantic City.
De vez en cuando tomaba un autobús en la 176 Street y
Broadway y se iba a cucar la suerte en algún casino, pero nada,
nunca se ganó nada. Don Benito era un hombre que mantenía la esperanza viva.
Era optimista a pesar de la soledad en la que vivió; no murió
solo porque lo acompañaba la mujer con la que se había mudado
recientemente. Hay
quienes piensan que el infarto le vino por cambiar su estilo de vida,
es decir, cambió la soledad que habitó por un apartamento
compartido con esa mujer que, para decir verdad, no estaba al mismo
nivel espiritual de él.
Pero la muerte es cruel y decidió venir por
él el 15 de
marzo. Lo agarró
desprevenido y se lo llevó mientras conducía un coche recién
comprado que le habían
acabado de pintar en un taller.
Como una brisa repentina llegó la muerte y se llevó a don
Benito sin darle tiempo a alcanzar ninguno de sus sueños.
Hay individuos que nacen con un baño de mala suerte encima y
yo creo que Benito era uno de esos; porque, sino, cómo explica usted
que le cayera en sus manos un centavo (penny) del 1943 y que no
fuera el que lo puede sacar a uno de pobre como la LOTTO.
Un viernes por la tarde pasó a cambiar su cheque y entre el menudo
que le devolvieron había una moneda que parecía de plata y que por
algún misterio de la vida llamó su atención.
Benito no lo podía creer cuando vio que el valor de dicha
moneda era el de un centavo. Él
sabía que aquel centavo no era un centavo ordinario, por lo que lo
separó inmediatamente de las otras monedas mientras apresuraba su
paso hasta llegar a su cuartito para consultar un libro que le decía
el valor de las monedas de colección.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente como dos lunas llenas
cuando leyó que un penny de ese año valía $80,000.00 dólares. El pobre hombre pensó que la suerte había llegado a sus
manos e inmediatamente empezó a averiguar en cuántos cientos de
miles de pesos dominicanos se podían convertir los $80,000.00 dólares
que él creía tener en sus manos.
Su decepción fue mayor que la alegría que le produjo el
centavo cuando, de forma muy confidencial, le contó a su compadre
José lo del centavo. José
le dijo que había que someter la moneda a una prueba magnética, es
decir, si se adhería al imán, entonces las esperanzas estaban
muertas. Benito
tenía un adornito en la puerta de la nevera que tenía un imán por
detrás; lo tomó con parsimonia mientras le pedía a sus amigos los
extraterrestres, a Dios y a todos los santos, por si acaso, que la
moneda no se pegara. Pero
tan pronto como la moneda se aproximó al imán, se aferró a este
como el que encuentra la tabla de salvación en el mar.
Dos lágrimas rodaron por las mejillas de don Benito y con la
voz apagada le contó los resultados de la prueba al compadre.
¡Maldita suerte esta mía! -decía don Benito mientras
guardaba la moneda como recuerdo de una mala jugada de la vida-.
Los amigos de Benito están con el moco para abajo; es que la muerte
es difícil de enfrentar. La
muerte deja un hueco inmenso, un hoyo que no se cierra por más
tierra que le echemos. Así
se fue don Benito como el ruido quejumbroso de un tren que pasa y no
hace parada. Juan Luis
sintetiza la partida del amigo en un poema:
Te envolvió el silencio el 15 de marzo
y los comerciantes de la Parca
negociaron con Morfeo y te fingieron dormido
en el féretro. No se
oyó un solo quejido;
no se escapó ni un rezo durante aquellas dos horas
interminables. Llegaron
los rusos
y los delegados del sindicato
a identificar a tus herederos inmediatos
y hubo mucho silencio.
Hoy, que ayer era mañana,
te cremaron y tus cenizas llegarán
a Canal Street con el viento.
Te fuiste despacito, con tu sonrisa amplia,
y con tus vuelos cortados en esta tierra
helada; te marchaste y te quedaste
añorando la patria que arrastraste en la distancia.
Tus herederos sin par contarán
Por ti los Washingtons que tú jamás contaste
y se alegrarán de tu partida, y en las páginas
de un libro por venir quedó truncada tu historia.
Dicen que don Benito tuvo un hijo y una hija, pero que no tenían
buena relación. En la
funeraria sólo se vio a la hija y ¡vaya cara de felicidad la que
tenía! Claro, ahora iba a cobrar el seguro de don Benito. ¡Qué ironía!, la felicidad de unos es la desgracia de
otros, pero no se preocupe usted, señor lector porque así es la vida.
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