Miami
Estados Unidos
Año I Nº 5/6

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Publicada por Poemas.Net

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La muerte es más 
cruel si ocurre en suelo ajeno


por

Teonilda Madera

 


-¡Rolando, te acaba de llamar Juan Luis y dice que tiene una noticia no muy grata que darte!  No sé, pero un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando contesté esa llamada.
-¡Cálmate, mi amor! Seguramente no es tan grave.  Déjame llamarlo y así nos enteramos de una buena vez. 
-¡Hello, habla el doctor Gómez, comuníqueme con el señor Juan Luis, por favor! 
-¿Rolando, eres tú?  Oye, tengo que darte una mala noticia.  Me llamó Orlando y me dijo que nuestro amigo Benito  acaba de fallecer. 
-¡Pero, cómo puede ser!  Yo estuve hablando anoche con él y no me dijo que se sintiera mal.  ¿Qué fue lo que le pasó? 
-Dice Orlando que fue un infarto fulminante.  Quién lo iba a sospechar, un hombre prácticamente joven y morirse así.  Mi abuela lo dice, que uno anda caminando y hediendo a muerto. Me dijeron que ya lo tienen en la funeraria Rivera en Saint Nicholas.Yo salgo para allá como en media hora. Si quieres, te paso a recoger.    Estas cosas a mí me afectan demasiado.  No le temo a la muerte, pero me molesta que la gente se muera a destiempo.  Tenemos que avisarle a Osiri, a Mon, a Danilso y al compadre José, tú sabes que ellos lo querían como a un hermano.
-Yo tampoco puedo recobrarme del asombro.  Me siento muy acongojado.  Esta noticia nos ha tomado desprevenidos.   Te estaré esperando abajo en media hora. Así fue.  Le llegó la hora de partir a don Benito López.  Una muerte repentina que no les permitió a los extraterrestres a que vinieran por él  como esperaba.  Se había mudado recientemente con una mujer a la que conocía desde hacía años y a la que le estuvo sacando el cuerpo para no unirse a ella.   Es que el señor Benito era un hombre muy hermético, callado, reservado en lo que hacía y creía.   Leía mucho las profecías del astrólogo francés Nostre-Dame y estaba muy interesado en el tema del karma y de los ovnis.   Compartía sus lecturas con sus amigos y estaba plenamente convencido de que los extraterrestres iban a venir por él.  Había sido miembro de la fraternidad Rosacruz. 
El señor Benito era un hombre de mediana estatura.  No era ni gordo ni delgado.  Era algo así como amasadito.  Tenía la piel obscura y le tenía miedo a la vejez.  Se ponía cremas para evitar las arrugas todas las noches y se daba golpecitos en la cara para que la crema penetrara.  Además, se preocupaba de ocultar las canas que ya le asomaban por el pecho como un monte salvaje de algodón.  Vestía impecablemente y tenía unos ojos redondos que iluminaban el entorno.  Tenía muchos sueños don Benito.  Por ejemplo, soñaba con regresar a su país, la República Dominicana, y ocupar una posición encumbrada en el PRD.  Soñaba nuestro amigo con sacarse la LOTTO o con ganarse una buena cantidad en Atlantic City.  De vez en cuando tomaba un autobús en la 176 Street y Broadway y se iba a cucar la suerte en algún casino, pero nada, nunca se ganó nada.  Don Benito era un hombre que mantenía la esperanza viva.  Era optimista a pesar de la soledad en la que vivió; no murió solo porque lo acompañaba la mujer con la que se había mudado recientemente.   Hay quienes piensan que el infarto le vino por cambiar su estilo de vida, es decir, cambió la soledad que habitó por un apartamento compartido con esa mujer que, para decir verdad, no estaba al mismo nivel espiritual de él.   Pero la muerte es cruel y decidió venir por  él  el 15 de marzo.  Lo agarró desprevenido y se lo llevó mientras conducía un coche recién comprado que le  habían acabado de pintar en un taller.  Como una brisa repentina llegó la muerte y se llevó a don Benito sin darle tiempo a alcanzar ninguno de sus sueños.   Hay individuos que nacen con un baño de mala suerte encima y yo creo que Benito era uno de esos; porque, sino, cómo explica usted que le cayera en sus manos un centavo (penny) del 1943 y que no fuera el que lo puede sacar a uno de pobre como la LOTTO.  
Un viernes por la tarde pasó a cambiar su cheque y entre el menudo que le devolvieron había una moneda que parecía de plata y que por algún misterio de la vida llamó su atención.  Benito no lo podía creer cuando vio que el valor de dicha moneda era el de un centavo.  Él sabía que aquel centavo no era un centavo ordinario, por lo que lo separó inmediatamente de las otras monedas mientras apresuraba su paso hasta llegar a su cuartito para consultar un libro que le decía el valor de las monedas de colección.  Sus ojos se abrieron desmesuradamente como dos lunas llenas cuando leyó que un penny de ese año valía $80,000.00 dólares.  El pobre hombre pensó que la suerte había llegado a sus manos e inmediatamente empezó a averiguar en cuántos cientos de miles de pesos dominicanos se podían convertir los $80,000.00 dólares que él creía tener en sus manos.  Su decepción fue mayor que la alegría que le produjo el centavo cuando, de forma muy confidencial, le contó a su compadre José lo del centavo.  José le dijo que había que someter la moneda a una prueba magnética, es decir, si se adhería al imán, entonces las esperanzas estaban muertas.    Benito tenía un adornito en la puerta de la nevera que tenía un imán por detrás; lo tomó con parsimonia mientras le pedía a sus amigos los extraterrestres, a Dios y a todos los santos, por si acaso, que la moneda no se pegara.  Pero tan pronto como la moneda se aproximó al imán, se aferró a este como el que encuentra la tabla de salvación en el mar.     Dos lágrimas rodaron por las mejillas de don Benito y con la voz apagada le contó los resultados de la prueba al compadre.   ¡Maldita suerte esta mía! -decía don Benito mientras guardaba la moneda como recuerdo de una mala jugada de la vida-. 
Los amigos de Benito están con el moco para abajo; es que la muerte es difícil de enfrentar.  La muerte deja un hueco inmenso, un hoyo que no se cierra por más tierra que le echemos.  Así se fue don Benito como el ruido quejumbroso de un tren que pasa y no hace parada.  Juan Luis sintetiza la partida del amigo en un poema:   

Te envolvió el silencio el 15 de marzo
y los comerciantes de la Parca
negociaron con Morfeo y te fingieron dormido
en el féretro.  No se oyó un solo quejido;
no se escapó ni un rezo durante aquellas dos horas
interminables.  Llegaron los rusos
y los delegados del sindicato
a identificar a tus herederos inmediatos
y hubo mucho silencio.
Hoy, que ayer era mañana,
te cremaron y tus cenizas llegarán
a Canal Street con el viento.
Te fuiste despacito, con tu sonrisa amplia,
y con tus vuelos cortados en esta tierra
helada; te marchaste y te quedaste
añorando la patria que arrastraste en la distancia.
Tus herederos sin par contarán
Por ti los Washingtons que tú jamás contaste
y se alegrarán de tu partida, y en las páginas
de un libro por venir quedó truncada tu historia.

Dicen que don Benito tuvo un hijo y una hija, pero que no tenían buena relación.  En la funeraria sólo se vio a la hija y ¡vaya cara de felicidad la que tenía!  Claro, ahora iba a cobrar el seguro de don Benito. ¡Qué ironía!, la felicidad de unos es la desgracia de otros, pero no se preocupe usted, señor lector porque así es la vida. 


TEONILDA MADERA (Santo Domingo, República Dominicana) es educadora, poeta y narradora. Licenciada en Literatura Española en la Universidad de la ciudad de Nueva York (CUNY). En 1977 terminó una maestría en la Universidad Lehman College. Integra el Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos de Nueva York (CEPI). En 1993 obtuvo, con su poemario “Canela y miel”, la Primera Mención Honorífica en el XXX Certamen Literario Internacional Odón Betanzos Palacios, organizado por el CEPI. Colabora con artículos y textos literarios en varios periódicos de los Estados Unidos, entre ellos, El Diario La Prensa, La Causa, The Dominican Times, Meridiam, Rumbo y América Latina. Ha publicado dos poemarios: Corazón de jade con lágrimas de miel (1995) y Van llegando los recuerdos (1998). En la actualidad tiene inéditos un libro de cuentos: Catedrales de humo; dos novelas y varias obras de teatro.