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Muchos siglos después, en el mismo
lugar, los turistas cubrirían de fotografías las durmientes ruinas
romanas; los cadáveres de las asambleas que le hicieran soñar la
grandeza de su nombre. Entre los pilares, roídos por el tiempo, se
habrían de recostar cientos de gatos, beneficiarios y propietarios
finales de los foros y los circos.
Veloces máquinas,
aun más rápidas que los carros galos, arrastradas por invisibles
caballos cruzarían la vía de San Gregorio, por el mismo lugar
donde algún centurión habrá de dirigir el tránsito. Quizá,
con la sensación oculta de ser la carnada, con el oído atento a
una ráfaga cruel de las Brigadas Rojas que le darán una muerte rápida,
fuera del circo convenido.
Despertó, sintió un cansancio de gran
fiera, quiso caminar, escapar hacia el Aventino, recorrer los
callejones, sentarse en los baños públicos, comprar frutas en
alguna esquina. Habían quedado finalmente atrás los tiempos de
deudas y de competencias tenebrosas. Su sombra, su rival, Marco
Licinio Craso estaba derrotado,
muerto, no había tenido que ser él, bastaron los Partos.
¿Le correspondía viajar nuevamente?,
¿vengar esa muerte?, ¿aquella insolencia a Roma, que tanto
lo favorecía?. Con un gesto cerrado y duro, el mismo con el que lo
encerró mucho después el escultor, miró al esclavo traerle la
vasija con vino. Siglos su rostro, en el Museo del Vaticano, será
el rostro del Imperio, instituido por el artista o por algún
falsificador tardío. Intuyó una corriente subir desde las
profundidades de su estómago, escupió agarrándose el cuello,
sintió que lo observaban, miró al esclavo, le ordenó que se
retirara, lo vio marcharse. Era el primer día de sol de Martius,
había sentido durante la noche la premonición: su caballo había
relinchado cambiando a un color marrón. Bajo las patas vio el cadáver
de Vercingetorix. Tuvo un violento deseo de volver al pasado,
al tiempo más lento, a los paseos por entre los jardines de su casa
en Hispania. Pero el tiempo lo había hecho el más fiel
de sus cómplices, el más ejecutivo de sus servidores. Corría
la primavera del annus 708 d.f.R. Cayo Julio Cesar sabía
que los
cambios ya
no podrían
ser detenidos,
que el senado
era un
cementerio de brujos
en descomposición, que podía seguir negando eternamente el título
de rex, sin embargo la República era ya un águila muerta,
ahogada en las aguas del Tévere. Los fanáticos juraban
venganza y quemaban los
calendarios. Aun así no podrían evitar el surgimiento de
una nueva era. Donde incluso los dioses ya no serían los mismos.
Volvió a su cabeza aquel sueño profundo, los hombres que harían
grande al mundo ya habían nacido y él se sintió tal vez el
primero. Sintió una irrevocable satisfacción. Recordó
sus palabras,
las de hace cuatro años, al cruzar el Rubicán
en dirección a Roma, tras dejar las Galias definitivamente
pacificadas: "Alea jacta est".
Misteriosamente cierta, la suerte había sido
echada, en sus
sueños o en el vino que se retorció en su vientre. Un año después
las puñaladas de Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino terminarían
sus violentas pesadillas. Sería
el 15
de Martius del 709 d.f.R. justo un año después,
día de fiesta de los Romanos. Pero él no lo sabía.
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