Miami
Estados Unidos
Año I Nº 5/6

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Publicada por Poemas.Net

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El Sueño

por

Jorge Zúñiga-Pavlov

     
    
Muchos siglos después, en el mismo lugar, los turistas cubrirían de fotografías las durmientes ruinas romanas; los cadáveres de las asambleas que le hicieran soñar la grandeza de su nombre. Entre los pilares, roídos por el tiempo, se habrían de recostar cientos de gatos, beneficiarios y propietarios finales de los foros y los circos.  Veloces  máquinas, aun más rápidas que los carros galos, arrastradas por invisibles caballos cruzarían la vía de San Gregorio, por el mismo lugar donde algún centurión habrá de dirigir el tránsito. Quizá, con la sensación oculta de ser la carnada, con el oído atento a una ráfaga cruel de las Brigadas Rojas que le darán una muerte rápida, fuera del circo convenido.

Despertó, sintió un cansancio de gran fiera, quiso caminar, escapar hacia el Aventino, recorrer los callejones, sentarse en los baños públicos, comprar frutas en alguna esquina. Habían quedado finalmente atrás los tiempos de deudas y de competencias tenebrosas. Su sombra, su rival, Marco Licinio Craso estaba derrotado,  muerto, no había tenido que ser él, bastaron los Partos.  ¿Le correspondía viajar nuevamente?,  ¿vengar esa muerte?, ¿aquella insolencia a Roma, que tanto lo favorecía?. Con un gesto cerrado y duro, el mismo con el que lo encerró mucho después el escultor, miró al esclavo traerle la vasija con vino. Siglos su rostro, en el Museo del Vaticano, será el rostro del Imperio, instituido por el artista o por algún falsificador tardío. Intuyó una corriente subir desde las profundidades de su estómago, escupió agarrándose el cuello, sintió que lo observaban, miró al esclavo, le ordenó que se retirara, lo vio marcharse. Era el primer día de sol de Martius, había sentido durante la noche la premonición: su caballo había relinchado cambiando a un color marrón. Bajo las patas vio el cadáver de Vercingetorix. Tuvo un violento deseo de volver al pasado, al tiempo más lento, a los paseos por entre los jardines de su casa en Hispania. Pero el tiempo lo había hecho el más fiel  de sus cómplices, el más ejecutivo de sus servidores. Corría la primavera del annus 708 d.f.R. Cayo Julio Cesar sabía  que  los  cambios  ya  no  podrían  ser  detenidos, que  el  senado  era   un  cementerio de  brujos en descomposición, que podía seguir negando eternamente el título de rex, sin embargo la República era ya un águila muerta, ahogada en las aguas del Tévere. Los fanáticos juraban venganza y quemaban  los  calendarios. Aun así no podrían evitar el surgimiento de una nueva era. Donde incluso los dioses ya no serían los mismos. Volvió a su cabeza aquel sueño profundo, los hombres que harían  grande al mundo ya habían nacido y él se sintió tal vez el primero. Sintió una irrevocable satisfacción. Recordó  sus  palabras, las de hace cuatro años, al cruzar el  Rubicán  en dirección a Roma, tras dejar las Galias definitivamente  pacificadas: "Alea jacta est".

Misteriosamente cierta, la suerte había sido  echada,  en sus sueños o en el vino que se retorció en su vientre. Un año después las puñaladas de Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino terminarían sus violentas  pesadillas.  Sería  el  15  de Martius del 709 d.f.R. justo un año después, día de fiesta de los Romanos. Pero él no lo sabía.   

 Vía di San Gregorio Roma.
d.f.R. :      después de la fundación de Roma.

Jorge Zúñiga-Pavlov nació en 1965 en La Serena, Chile. Estudió Historia y Filología. Reside desde 1988 en Praga, donde dirige el Café La Casa Blú y la galería Julio Cortázar. Se dedica a la promoción de actividades culturales vinculadas a Latinoamérica. Ha publicado en diferentes revistas, entre ellas Archipielago de México y Francachela de Chile/Perú/Argentina, de la cual es corresponsal. Tiene un libro de cuentos traducido al checo: “La disentería, el vodka, tres moscas y una italiana”.