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Los
autores están de acuerdo tanto en la excelencia de la obra de “La Peregrina”
como en su inspirado estro y en su asimilación
de las corrientes literarias que prevalecían
en la época. Contando
apenas veinticinco años,
gana asiento la nativa de Puerto Príncipe
en los salones peninsulares de tan difícil
acceso en ocasiones, desenvolviéndose
como en tierra propia en estos cenáculos
de escogidos.
“La carta de presentación
a su favor enviada desde Cádiz
por don Alberto Lista a Juan Nicasio Gallego, parece entreabrirle
esas puertas casi cerradas para los forasteros; pero armada además
con las credenciales de su belleza y femenino atractivo, consiguió
la amistad de grandes escritores, alguno tan sobresaliente como el
poeta Quintana, y una lectura de sus versos, efectuada por José
Zorrilla en el Liceo de Madrid, la incorporó
sorpresiva y victoriosamente a este círculo
literario ya famoso a pesar de lo reciente de su fundación. En todas partes, a sus dotes personales y artísticas,
llegaba con lo peculiar y curioso de cierto exotismo, el de ser la
bella cubana”.(1)
Emilio Cotarelo y
Mori, su biógrafo, la
proclama “no solamente la primera poetisa de España,
sino una de las más
grandes, acaso la más,
entre las que han sobresalido en todo el mundo, en los géneros lírico
y dramático”.(2) Y al
propio tiempo E. Allison Peers abunda en esta afirmación
exponiendo que “cuando Gertrudis Gómez
de Avellaneda… que había
de convertirse en una de las mas grandes escritoras españolas, hizo su primera presentación… la hizo como sencilla adepta a las nuevas modas literarias…
antes de que en 1841 apareciera su primera colección de versos, ya había
contraído todas las
características del arte
romántico”.(3) Este
famoso investigador señala
seguidamente que la criolla fue influida por Byron, Hugo, y
Lamartine, entre otros, opinión
sostenida también por Enrique Piñeyro
en su obra sobre el romanticismo español.(4)
El profesor Raimundo Lazo reitera los anteriores influjos, a los que
añade la ascendencia en
la cubana de dos figuras femeninas: “Dos mujeres escritoras
ejercieron entonces las más
poderosas influencias en la católica
hija de Cuba: Madame Stael y Jorge Sand”.(5) Influjo este que ha
subrayado en diversas ocasiones nuestro colega mexicano, el
profesor Alberto J. Carlos, extendiéndose
en otros casos a novelistas como Walter Scott.(6)
Si nuestra estudiada captó
en su extensa obra tantos soplos de inspiración
romántica, vale la pena
examinar el desarrollo que esta escuela tuvo en el Viejo Continente
para ser antecedente orgánico
y reflejo profundo que dejó
marcada huella en la apasionada creación
de la Avellaneda. A muchos vaivenes ha estado sometida la actitud
romántica; innumerables
han sido las definiciones que han tratado de abarcar el contenido y
alcance del vocablo en cuestión,
dando lugar a diferentes controversias: “El término romanticismo, por circunstancias que ya se verán,
concluyó finalmente por no significar nada y ha sido el responsable de
las ambigüedades con que
todavía se distingue
esta escuela. Cuando Víctor
Hugo dijo de él en 1869, `mot vide de sens, imposé par nos ennemis et dedaigneusement accepté par nous’, exagera según
su sistema, pero también
acierta, puesto que, en puridad, románticos
debieran serlo cuantos practican las lenguas romances, o bien,
peyorativamente los noveleros, como así
se entendió a partir del
siglo XVI por `romanesques’, término
entonces sinónimo del
carácter español”.(7)
El movimiento que nos ocupa ha eludido la persecución
de los autores deseosos de precisarlo, contentándose
éstos con exponer
características
generales que abarquen el mayor grado de factores y elementos
comunes posibles. Arthur O. Lovejoy, luego de dar copiosos ejemplos
de los diversos conceptos y acepciones de `romántico’,
concluye que “the result is a confusion of terms and of ideas,
beside which, that of a hundred years ago… seems pure lucidity. The
words `romantic’, has come to mean so many things that, by itself,
it means nothing. It has ceased to perform the
function of a verbal sign”.(8) Dejando a un lado los afanes
definitorios, la tendencia romántica
se establece para nuestro propósito,
y en el campo literario, entre mediados del siglo XVIII, si se
tienen en cuenta ciertas influencias prerrománticas,
y mediados del siglo XIX, atendiendo a los últimos
destellos o rezagos de la escuela. Así
la sitúa Paul Van
Tieghem reduciéndola más tarde al apuntar: “Mais le romantisme proprement dit, celui
auquel est consacrée la
majeure part de ce volume, n’éclot
que sur quelques points a l’extreme fin du XVIIIme siecle, et a
donné a peu pres tous
ses fruits vers 1850”.(9) Al fenómeno
literario romántico se
le suman factores históricos,
sociopolíticos y económicos
que lo complican y oscurecen. La ausencia, señalada
por los estudiosos, de un romanticismo europeo general, simultáneo
en tiempo y espacio, uniforme en sus manifestaciones y campos
trillados, es hoy en día aceptada. Arnold Hauser aclara en su Historia social del
arte, las fases de un desarrollo romántico
abarcador, sucesivo, con diversas altibajas, dispares fuentes y
motivaciones: “It was ascertained that the development followed
different directions in Germany and Western Europe… This
account of the situation was intrinsically correct”.(10) Alegando
seguidamente que el romanticismo “was not merely a universal
European movement, seizing one nation after another and creating a
universal literary language… it also proved to be one of those
trends which… have remained a lasting factor in the development of
art”.(11)
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